El legado invisible de Marcel Roche: el científico que impulsó el IVIC

Prensa IVIC/ Irania Medina.- Cuando se habla de Marcel Roche (1920-2003), la memoria colectiva evoca al médico que combatió el bocio endémico, valora al fundador del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) o recuerda al ganador del Premio Kalinga de la Unesco. Adicionalmente, detrás de esa figura pública se esconden muchas decisiones y obsesiones virtuosas que transformaron para siempre el mapa científico del país.

Ciertamente, el IVIC aún tiene una deuda con el reconocimiento de la inmensa importancia de la obra de este venezolano; no obstante, cada año, alrededor de su cumpleaños, resulta obligante repasar algunos datos menos conocidos de su notable gestión. Aquellos que, por ejemplo, explican por qué pidió que sus cenizas fueran esparcidas en los jardines del IVIC.

Roche reorganizó el IVIC bajo un ethos inspirado en el Collège de France, uno de los entes que lo formaron. No se trataba de un capricho académico: diseñó un sistema basado en tres pilares inquebrantables: libertad académica casi absoluta, infraestructura de primer nivel y financiamiento con mínima burocracia. Los investigadores eran evaluados periódicamente por una comisión, pero su éxito no se medía en informes internos, sino en la calidad del conocimiento generado y en publicaciones en revistas de alto impacto que implicaban el reconocimiento internacional de la ciencia venezolana. “No queremos ciencia de segunda”, repetía.

La visión de Roche era radical: avizoraba una institucionalidad centrada en resolver los mayores problemas contando con una ciencia de la mejor calidad, sin ataduras con las agendas inmediatas y sin doblegarse ante urgencias. Esta postura priorizaba la excelencia académica por encima de las aplicaciones pragmáticas como único camino hacia una relevancia duradera.

Su desempeño como primer director del IVIC y en la presidencia del Conicit lo alejó progresivamente de su carrera en biociencias y lo acercó a las ciencias sociales. En 1976, este giro culminó con la fundación del Departamento de Estudios de la Ciencia en el IVIC, un espacio pionero en América Latina para los Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología (ESCT), pues Roche entendió que la ciencia también debía ser analizada como un fenómeno social humano.

Antes de ser gerente, fue investigador de campo. Los aportes de Roche en el estudio del bocio endémico, las anemias rurales y la anquilostomiasis marcaron un antes y un después en la salud pública venezolana. Fue pionero en el uso de isótopos radiactivos para rastrear estas enfermedades, una herramienta que en los años 50 era casi futurista.

Entre 1976 y 1986, Roche fue miembro del Consejo Consultivo del Movimiento Pugwash, la organización que abogaba por la paz y contra el uso bélico de la energía nuclear, grupo que ganó el Nobel de la Paz en 1995. Allí compartió mesa con científicos que buscaban desactivar la carrera armamentista. Su labor como divulgador de la ciencia —entre la que destaca la revista Interciencia, que fundó en 1976— le valió el Premio Kalinga en 1987, pero su mayor orgullo fue el siguiente:

Marcel Roche pidió que sus cenizas fueran esparcidas en los jardines del IVIC. No pidió una estatua ni una avenida.

Quiso volver al lugar donde construyó su utopía investigativa. Ese gesto, quizás, resume mejor que cualquier biografía su vínculo profundo con la institución que fundó en 1959.

Un detalle no menor resulta el impulso que de modo constante insuflaba a la consideración de los enfoques humanísticos en el hacer del hombre, como forma de enriquecer las facultades intelectuales humanas. Muy especialmente lo asociaba con la necesidad de que se incluyera en los distintos pensa de estudio de las diferentes carreras —o, aún mejor, en los estudios secundarios—, con el objetivo de que en la formación profesional se hiciera claro que la actividad de un investigador puro, por ejemplo, refleja una acción humanística. No en balde, en algún momento impulsó la introducción de una asignatura relativa: “Humanidades de la Ciencia” (hoy Humanismo de la Ciencia) en los pensa de los distintos posgrados del IVIC. «Para evitar ser «tontos» en el sentido orteguiano —decía—, el científico y el técnico no tienen más camino que cultivar las humanidades».

Fotos: Unidad de Fotografía Científica del IVIC